Sin mas compañía que su mochila Cristina se adentró en el
bosque y anduvo largo tiempo, distraída con la vida que brotaba a su alrededor.
Hasta que por fin lo vio. Aquel puente medio derruido y angosto era tal y como
ellos lo habían descrito, la tranquilidad del agua reflejaba a la perfección el
perfecto arco que cruzaba el rió. Cristina comenzó a atravesar el vado,
observando su silueta en exacto compás hasta que llegó a su mismo centro. Su
reflejo la inquietaba, era demasiado real, demasiado bello, atractivo y
poderoso. Sin poder parpadear Cristina observó hipnotizada cada uno de los
detalles de su propia silueta y absorta contempló como su reflejo tendía una
mano invitándola. Parecía estar tan cerca... tal vez si estiro mi mano lograre
tocarlo; se decía a si misma mientras su cuerpo se corvaba peligrosamente sobre
el borde del puente. La tenía tan cerca... ya casi estás... sus ojos azules
miraban profundamente el fondo de su propia alma mientras su nemesis mostraba
una cálida sonrisa. Era inevitable, su cuerpo cedió a la misma gravedad cayendo
desde lo alto del puente a la fría agua que la había cautivado. Un golpe de
realidad invadió su mente. Toda la paz del rió se vio interrumpida por el agua
en movimiento, el bello e irreal reflejo desapareció y Cristina lamentaba su
torpeza. Será mejor que me ponga en marcha dijo sintiéndose estúpida y tratando
de escurrir el agua y sacudir su ropa mientras se encaminaba de nuevo al
sendero. Allí estas, se dijo, tras andar otro buen rato. En la lejanía apenas
se vislumbraba el inmenso y fértil valle del que tanto había oído hablar. El
sol lo iluminaba en toda su grandeza y un impulso casi instintivo, nacido desde
lo mas profundo de su ser movió su cuerpo hacia delante. Cuando llegué allí será
primavera...
Foto de Kilian Shonberger